Silvestre de Balboa y Troya de Quesada

Literatura, Cuba

Silvestre de Balboa y Troya de Quesada (1563-¿1647-1649?). Autor de origen canario, radicado en Cuba desde finales del siglo XVI, creador del Espejo de paciencia (1608), considerado el texto fundacional de la literatura cubana.

Los datos biográficos que se conocen de Silvestre de Balboa son escasos. Se sabe que nació en Las Palmas de Gran Canaria y que allí fue bautizado el 30 de junio de 1563. A Cuba llegó aproximadamente en 1595 y en 1604 se encontraba en la ciudad de Manzanillo. Después se estableció en la villa de Santa María del Puerto del Príncipe, actual provincia de Camagüey, donde fue confirmado por el Rey como escribano del cabildo el 11 de mayo de 1621 (se conserva un tomo de su Escribanía en el Archivo del Museo Provincial Ignacio Agramonte, de esa ciudad). Es evidente que de manera muy rápida Balboa se integró al núcleo principeño de élite, el mismo que ostentaba los cargos centrales en el gobierno local, era dueño de extensos fundos ganaderos y tenía el control del comercio.

En la época, la única forma permitida para la salida legal de los productos desde Cuba hacia la metrópoli y las otras colonias era el puerto de La Habana, que ya había desplazado en importancia política y comercial a Santiago de Cuba. Los productores del Oriente del país, impedidos de exportar mercancías por otro lado, debían pagar costosos fletes y correr numerosos riesgos a través de los malos caminos disponibles para transportar sus mercancías. Esta situación los llevó a violar las leyes españolas y a dedicarse al contrabando o comercio de rescate, única actividad que podía traer provecho, en medio de una condición marginal, al tráfico comercial. La región se especializó en la exportación de cueros y carnes a través de mercaderes franceses, portugueses, ingleses y holandeses.

Silvestre de Balboa estaba ligado a dicha actividad (lucrativa, además), la cual había ocasionado un proceso seguido contra más de un centenar de principeños y bayameses instrumentado por el oidor de la Real Audiencia de Santo Domingo, el licenciado Francisco Manso de Contreras. En 1604 estalló la primera rebelión de los criollos de Bayamo por su derecho a comerciar o contrabandear sus productos de manera libre con naciones extranjeras, sin que mediara la obligatoriedad de pagar el alto impuesto de salida a las autoridades de La Habana (quienes acusaban a los criollos orientales de “herejes”, en evidente manipulación política a tono con los códigos de la época). Este alzamiento trajo consigo excomuniones, condenas a la horca y el envío del obispo Juan de las Cabezas Altamirano a las comarcas orientales.

Relacionada con lo anterior, y con la figura del obispo, en particular, la única obra literaria que se le conoce a Balboa es el canto épico renacentista Espejo de paciencia (1608), con el que se suele marcar el nacimiento de la literatura cubana, a partir de su distancia de los textos de los cronistas de Indias. El relato del poema está basado justamente en la visita del obispo Cabezas Altamirano a las haciendas del hato de Yara, cercano a Bayamo, y en el secuestro de este por parte de piratas franceses liderados por el corsario Gilberto Girón, cuya nave se encontraba frente a Manzanillo. De este hecho sin precedentes en la colonia cubana, y del motete cantado en honor del obispo en la iglesia parroquial, Balboa tomó la fuente de inspiración para su texto, Espejo de paciencia, escrito en octavas reales, con poco más de 1200 endecasílabos.

Se trata del único ejemplo de poesía épica renacentista en las letras cubanas, un vástago –aunque distante en cuanto a calidad– del Orlando furioso y hermanado con otros poemas latinoamericanos al estilo de La Araucana, de Alonso de Ercilla; o el Arauco domado, de Pedro de Oña. Dialoga con textos como las Sagradas Escrituras y los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola. Para Cintio Vitier, su título quizás se deba a las letanías de San José, a quien se le denominaba Speculum patientae. Espejo de paciencia se encuentra compuesto por una nota “Al lector”, una “Carta dedicatoria” al Obispo Cabezas Altamirano, seis poemas laudatorios iniciales, el texto dividido en dos cantos (el primero comienza anunciando qué se va a cantar y narra el secuestro y rescate del Obispo, y el segundo cuenta la batalla que dieron los vecinos de la villa al pirata, en venganza, hasta darle muerte) y un motete final.

Se ha especulado mucho sobre la posibilidad de escritura real del Espejo de paciencia, única obra notable literariamente del siglo XVII cubano. Es posible que Balboa haya tenido cultivo literario en su Canarias natal; sobre ello se ha especulado bastante, con inferencias que resultan de lecturas comparadas con textos, por ejemplo, de Bartolomé Cairasco de Figueroa. Igualmente se ha puesto en entredicho que a la altura de principios del siglo XVII hubiera en Puerto Príncipe un grupo de figuras capaces de escribir los versos laudatorios que exhibe el poema. El capitán Pedro de las Torres Sifontes; el alférez Cristóbal de la Coba Machicao, regidor; Bartolomé Sánchez, alcalde; Juan Rodríguez de Sifuentes, regidor; Antonio Hernández, el viejo; y el alférez Lorenzo Laso de la Vega y Cerda son los encargados de firmar los sonetos. Todos son hombres entrenados por sus respectivos oficios en la escritura de documentos. Sus sonetos acusan claridad en el pensamiento (con algunas excepciones donde aparecen citas cultas); juegos de luces y sombras; un uso de la hipérbole marcado; descuido en el lenguaje; repetitivo en ideas y recursos, en la adjetivación. El de mayor calidad resulta de Lorenzo Lazo y en el de Pedro de las Torres se ha querido ver una señal de arraigo (“recibe de mi mano, buen Balboa, / este soneto criollo de la tierra”).

El poema tiene el objetivo expreso de demostrar la inocencia del Obispo, dechado de virtudes cristianas y de fidelidad a la Corona (por extensión, estas mismas características, son comunicadas a los pobladores de la villa). Sin embargo, es evidente que oculta la intención de lavar la imagen de cuantos estaban implicados en el tráfico de mercancías (¿el propio Balboa, el mismo Obispo?). Todo el texto está montado sobre una estructura binaria, de pares de opuestos; una clara alusión a la simbología bíblica, de cuño contrarreformista, resulta del enfrentamiento entre “ovejas” (bayameses) y “lobos-luteranos-luciferinos” (franceses). A pesar de que el segundo canto está orientado por las maniobras propias de un canto épico, no abandona el elemento subyacente en las acciones bélicas establecido desde el inicio: la lucha entre cristianos y luteranos, entre españoles, criollos, negros e indios y piratas franceses.

El personaje del Obispo es tratado de tal modo que llega a sentirse inauténtico. Se exaltan al extremo sus cualidades para conformar un personaje ideal. Se le llega a considerar “sucesor de Cristo” y se insiste en su moral puesta a prueba, en su piedad y su resignación. El castigo a que es sometido se presenta como el cumplimiento de una voluntad divina, que contribuye a la prolongación del estado de gracia.

La historia del conocimiento del texto de Balboa es apasionante y novelesca. En 1837 el historiador y novelista José Antonio Echeverría encontró el texto en los archivos de la Sociedad Patriótica de Amigos del País, intercalado en la Historia de la Isla y Catedral de Cuba (1752-1761), del obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz. Se lo dio a conocer a su amigo y colega Ramón de Palma, quien ofreció las primeras noticias públicas del texto en un relato aparecido ese mismo año en las páginas del Aguinaldo habanero, en el que se toma algunas licencias al presentar el argumento. En 1838, Echeverría copió algunos fragmentos del texto en la revista El Plantel. Unos de los primeros comentarios críticos los realizó Néstor Ponce de León en una conferencia ante la Sociedad Hispanoamericana de Nueva York. En 1921, José María Chacón y Calvo publicó un trabajo sobre el Espejo… Pero no es hasta 1927 que se cuenta con una edición completa del texto, debida a Carlos M. Trelles en su Bibliografía cubana de los siglos XVII y XVIII. Al año siguiente fue reimpreso por José Manuel Carbonell en su Evolución de la cultura cubana.

Este azaroso conocimiento del Espejo… (a lo que habría que unir el hecho de que Echeverría y Palma formaban parte de un grupo de intelectuales nucleados en torno a la figura de Domingo del Monte, que estaban empeñados en una construcción discursiva de la cultura cubana, para la cual era de imperiosa necesidad dotar al país de anclajes históricos lo más remotos posibles, exigencia que el texto satisface en buena medida) ha sido central en la polémica en torno a si se trata de una superchería literaria decimonónica. Pese a que la discusión sigue abierta hoy, los estudios de Cintio Vitier, Enrique Saínz y Belén Castro, por sólo citar algunos nombres relevantes, han aportado sólidos argumentos a favor de la autenticidad paterna de Balboa, aunque se piense, tal y como ha subrayado Saínz, en alguna intervención en la obra del grupo del montino, sobre todo en los pasajes de la muerte del pirata a manos de un negro esclavo, Salvador Golomón, que viola las convenciones de la épica renacentista y se erige en un alegato en defensa del negro y en contra de la esclavitud, más propio del siglo XIX.

Lo cierto es que el Espejo de paciencia ha operado hasta hoy como texto de fundación para la literatura cubana. Su sombra se proyecta no solo en la crítica sino también en la creación de ficción. Silvestre de Balboa dejó plasmado en su obra el germen de la nacionalidad cubana. De él dijo José Lezama Lima que: “Desde que se escribió este poema ya se podía hablar de lo cubano, más que en lo externo, en la presencia compleja de la poesía”. Historia y naturaleza insular, cantadas desde dentro, desde el conocimiento vivencial, son portadoras de rasgos que han convertido la obra en un monumento literario cubano.

Obra

Espejo de paciencia: en Carlos M. Trelles: Bibliografía cubana de los siglos XVII y XVIII, 2da. Ed., Imprenta del Ejército, La Habana, 1927, pp. 375-404.  Edición facsímil y crítica [con apéndices y bibliografía] a cargo de Cintio Vitier, Publicación de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, La Habana, 1962./ Prólogo y notas de Enrique Saínz, Ediciones Boloña, La Habana, 2008.

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