Francisco de Arango y Parreño

Política, Economía, Cuba

Francisco de Arango y Parreño (1765-1837). Político y economista cubano. Líder del primer  movimiento reformista de finales del siglo XVIII y principios del XIX en Cuba, se le considera uno de los intelectuales más brillantes de su época.

Nació en La Habana el 22 de mayo de 1765. Cursó estudios de humanidades en el Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, y en 1781 ingresó en la Facultad de Leyes de la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana, (Universidad de La Habana), donde obtuvo el título de Bachiller en Derecho Civil en el año 1786. Viajó inmediatamente a Santo Domingo, donde obtuvo resolución favorable de la Audiencia en el litigio que sostenía su familia para mantener el disfrute del cargo de Alférez Real del Ayuntamiento. Embarcó hacia España en 1787 e ingresó en la Real Academia de Derecho Patrio y Común, de Madrid, donde se tituló como abogado dos años después. 

En 1788, a pesar de ser menor de edad, fue nombrado principal apoderado del Ayuntamiento de La Habana ante el gobierno español. Desde esa función estableció en la Corte, y con los políticos españoles, sólidas relaciones que le permitieron desde entonces abrir el camino a la alianza entre esos sectores metropolitanos y la aristocracia habanera, que se adentraba velozmente en el desarrollo de la plantación esclavista. Sostuvo  estrecha amistad con Luis de las Casas, quien asumió en 1790 la Capitanía General de Cuba y estableció medidas favorables a la trata de esclavos y a la venta de las producciones agrícolas cubanas mediante el libre comercio, como solicitaba Arango. Entre la numerosa documentación que este redactó entonces se destaca su magistral Discurso sobre la agricultura de La Habana y medios de fomentarla (1792), dirigido al rey, en el cual sintetizó la experiencia y los puntos de vista de su clase, y que puede tenerse como el programa de reformas coloniales para el impulso a la economía de plantación. Como prueba del aprecio gubernamental, en 1793 se le nombró oidor honorario de la Audiencia de Santo Domingo y asesor de alzadas en el Consulado habanero, tribunal mercantil del cual fue nombrado síndico perpetuo el año siguiente, cuando, a instancias suyas, se le transformó en Real Consulado de Agricultura y Comercio y se ampliaron sus funciones.

Entre 1794 y 1795, en compañía de otro hacendado cubano, el conde de Casa Montalvo, recorrió  Andalucía, Portugal, Inglaterra y Barbados para estudiar  sus experiencias agrícolas, el modo de empleo de los esclavos, la organización de la producción y el comercio y los sistemas de administración.

Al regresar a Cuba ingresó en la Real Sociedad Patriótica de La Habana  -de la cual fue director y más tarde Socio de Honor-, institución que tomó a su cargo el impulso a la educación y a la introducción de avances tecnológicos y  científicos necesarios para la producción azucarera y el desarrollo del país. Formó parte de la comisión encargada de redactar y administrar el Papel Periódico de La Havana,  cuando pasó a publicarse al cuidado de la Sociedad Patriótica. Desde entonces y hasta el final de sus días, fue figura decisiva de la política insular: organizador de la aristocracia plantacionista en el plano económico y la administración  de Estado, estrecho colaborador de varios capitanes generales y persona influyente en Madrid, además de uno de los más poderosos hacendados azucareros del Occidente de Cuba.

En 1801 fue comisionado por el gobernador marqués de Someruelos para viajar en misión diplomática al Santo Domingo francés con el objetivo de adoptar acuerdos que suspendiesen el contrabando —particularmente, de esclavos— y, al mismo tiempo, para estudiar la realidad de esa colonia en función de la seguridad de Cuba.

 Fue partidario de establecer una junta en la Isla ante los acontecimientos  provocados por la invasión napoleónica a la Península Ibérica, pero el proyecto resultó frustrado por la oposición de los sectores españoles. En esa coyuntura redactó un memorial del Ayuntamiento que, de hecho, reclamaba igualdad de derechos ciudadanos entre los pobladores de América y los de España. En 1809 abandonó sus posiciones en el Consulado y en el Ayuntamiento, aunque luego le fueron otorgados distinciones y reconocimientos como oidor honorario de la Audiencia de México (1810) y  ministro del Supremo Consejo de Indias (1811). En 1810 declinó su elección por ocho ayuntamientos para representar a la Isla ante la Junta de Sevilla, y redactó un documento en nombre del Ayuntamiento en contra de la propuesta de abolición de la esclavitud presentada en las Cortes de Cádiz.

Fue electo diputado a las Cortes ordinarias de 1813, y le sorprendieron en Madrid el regreso del rey Fernando VII y la restauración del absolutismo. Estuvo un tiempo en Francia y volvió a Madrid, donde residió hasta 1817. Fue árbitro de la Comisión Mixta (1819) que se ocuparía de las disputas acerca de la trata de esclavos, según el tratado abolicionista de ese comercio firmado entre España e Inglaterra, cargo en el cual cesó al nombrársele por el rey consejero de Estado.  Al finalizar el régimen constitucional y reinstaurarse el  absolutismo, fue rehabilitado por Fernando VII como consejero de Indias y designado en 1824 intendente del Ejército y superintendente de Hacienda de Cuba.  En 1825 se le dio la comisión de elaborar los planes de estudios que debían regir en la Isla. Recibió en 1834 el título de Prócer del Reino.

Desde finales del segundo decenio del siglo expresó su preocupación por la dependencia de la economía cubana respecto de la esclavitud, causada por la tendencia al alza del costo de los siervos, e igualmente alertó acerca de la afectación al desarrollo del país que significaba el dominio de las refinerías extranjeras sobre el azúcar crudo. De alguna manera, con su habitual lucidez, empezaba a apreciar los efectos negativos que traía a la Isla el sistema plantador que antes había prohijado.

Francisco de Arango y Parreño trabajó  infatigablemente por la elevación del nivel económico y cultural de Cuba, y ha sido considerado como una de las mentalidades más notables de la América española y de la propia metrópoli.  Falleció en La Habana el 21 de marzo de 1837.

 

Bibliografía activa

Obras del Excmo. Señor Don Francisco de Arango y Parreño, 2 t., Habana, 1888.

Obras de don Francisco de Arango y Parreño, 2 t., Publicaciones de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, La Habana, 1952.

Obras, Ensayo introductorio, compilación y notas por Gloria García Rodríguez, 2 t., col. Biblioteca de Clásicos Cubanos, Ed. Imagen Contemporánea y Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 2005.

Bibliografía pasiva

Carrillo y Arango, Anastasio: Elogio histórico del excelentísimo Excmo. Señor Don Francisco de Arango y Parreño, Impr. de Manuel Galiano, Madrid, 1862.

Ponte Domínguez, Francisco J.: Arango Parreño, el estadista colonial, Ed. Trópico, La Habana, 1937.