Eduardo Abela Villarreal

Artes Visuales, Cuba

Eduardo Abela Villarreal (1889-1965). Ilustrador, pintor, diplomático cubano. Cultivó una pintura basada en temas cubanos, con títulos emblemáticos en la historia del arte nacional como La ComparsaCamino de Regla o Los Funerales de Papá Montero.

Eduardo Abela nació el 3 de enero de 1889 en San Antonio de los Baños, provincia La Habana. Fue tabaquero desde los doce años; a los veinte ingresó en la Academia San Alejandro por una beca gestionada a través del Ayuntamiento del pueblo, como reconocimiento explícito a la ostensible vocación pictórica del novel artista. Tras graduarse en La Habana, Abela comenzó una ingente labor como colaborador en los periódicos de la época, en los que publicó dibujos humorísticos y viñetas costumbristas que pronto se hicieron populares.

Viajó a España en 1921. Primero, la legendaria Granada proporcionó al pintor un puente necesario para la profundización en sus búsquedas iniciales. Visitó museos y quedó deslumbrado por la historia del arte narrada desde las pinacotecas. Paseante empedernido, Abela desandó callejuelas mientras creaba “gitanas”, “tipos” y “rincones”. Dos años después se trasladó a Madrid donde pintó y perfeccionó sus estudios, principalmente analizando la obra de los grandes maestros expuestos en el Museo del Prado. Sin matricularse, asistió a algunas clases en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y hasta llegó a exponer una muestra personal, con treinta y un cuadros, en el Salón de Arte Moderno.

A su regreso a La Habana en 1924 trabajó como ilustrador en los periódicos Diario de la Marina y La Semana. En este último, dirigido por Sergio Carbó, el artista creó una suerte de voyeur; es la etapa preparatoria de su personaje satírico el Bobo, que más tarde le diera gran popularidad. Se integró al Grupo Minorista, movimiento de avanzada intelectual liderado por Rubén Martínez Villena. Permaneció estrechamente vinculado al mismo hasta 1928.

Las indagaciones pictóricas de Abela continuaron en Cuba donde expuso y fue admirado. Pero convencido de que la meca del arte estaba en París, se trasladó en 1927 a la capital francesa. Un mundo nuevo se abrió ante sus pupilas: admirado, se dispuso a pintar todo cuanto veía; amontonó “desnudos”, “estudios”, “apuntes” y realizó centenares de acuarelas. Su ingreso a la Académie la Grande Chaumièreestimuló búsquedas que le permitieron expresar sus inquietudes y replantearse soluciones formales de nuevo acento. Bajo su paleta estalló La Comparsa(cuadro “trepidante, furioso, vehemente”, al decir de Alejo Carpentier en 1929), al que le siguieron Camino de ReglaEl día del pescaoAlacránLos hijos de QuirinaLa casa de María la OEl gallo místico y Los funerales de Papá Montero, entre otras piezas significativas de esta etapa. Las obras fueron expuestas en la reconocida Galería Zak, de París, en 1928, con éxito de crítica y público, dada la sugestiva visión de temas cubanos propuestos por Abela. Alejo Carpentier publicó en la revista Social un trabajo en el que consideraba que la pintura cubana, de aspiración criolla, no había dado frutos de la altura que alcanzaba Abela. El artista parecía existir bajo el hechizo de su tierra nativa que desde lejos lo conmovía.

La amable aprobación de que fue objeto el creador lo retuvo un año más en territorio galo: Abela fue aceptado para exponer en los Salones de Otoño e Independientes de París, al lado de los pintores más representativos del momento: Pablo Picasso, Moïse Kisling, Marc Chagall, Raoul Dufy, Waroquier, Jules Pascin, Makousky, Doubreuil, André Derain, Gino Severini o Von Goertz. Su cuadro Azoteas de La Habana –1925– (pintado en La Habana y llevado a París) fue aceptado en el Salón de Artistas Franceses, donde se expuso en un lugar destacado.

A su regreso a Cuba en 1929, el pintor volvió a la caricatura. Comenzó entonces un período más dilatado y activo dentro de esa disciplina, y su discurso enfatizó, a través del emblemático personaje El Bobo, una línea de imputación a los desmanes reinantes en Cuba con Gerardo Machado al frente del país. Acerca de este personaje de El Bobo, Abela afirmó en una oportunidad que el propio público cubano, principal destinatario de estos trabajos, lo orientaba con sus reacciones ante las caricaturas. El Bobo se convirtió en un simpático y popular representante de la opinión ciudadana.

Pero, cuando cayó la dictadura en 1933, cesó el Bobo y Abela se vio impelido a rehacerse como pintor. Por entonces, y como labor paralela a sus colaboraciones gráficas para la prensa de la época, irrumpió en la pintura bajo el influjo del muralismo mexicano que a la sazón era visto en la Isla como vehículo expresivo de autoctonía y modernidad americana.

Varios factores parecen matizar esa apropiación: el rechazo definitivo del afrocubanismo; la adopción del tema campesino, que el artista consideraba más ajustado a la realidad cubana; y su aproximación a la tradición clásica a partir del propio muralismo, tanto como la adaptación de esta nueva estética a obras de caballete con temas alejados de lo épico o social.

Nació así su breve ciclo “clásico y criollo” susceptible a las experiencias de la pintura mexicana y a la fascinación por el arte renacentista italiano. Muchos años después de pintadas, estas obras fueron juzgadas por el propio artista con dureza, como productos rígidos, sin gracia verdadera. Por paradoja, algunas de ellas son las que han terminado por identificarlo al paso del tiempo: Santa Fe (1936), Los Novios (1937) y Guajiros (1938). Guajiros ha sido considerada una de las más certeras concreciones de la imaginación criolla, aunque roce el lugar común. Personajes pueblerinos se colocan frente a un caserío de guano y tejas. El pueblo está desierto y los guajiros han sido sorprendidos en un gesto. Visten de blanco y llevan sombreros de guano, como en un día de fiesta. Lucen gallos y cabalgaduras. El óleo imita el color y la textura de la pintura al fresco, cuyo acabado tanto atrajo la atención del artista.

Por estos años de rica actividad plástica, Abela añadió un aporte notable al desarrollo de instituciones culturales cubanas de avanzada, al proponer la creación del Estudio Libre de Pintura y Escultura –1933– por una enseñanza anticonvencional e incentivadora de la creación artística

Entre 1942 y 1952, desempeñó misiones diplomáticas en México y Guatemala. En éste último país recibió el Primer Premio Nacional de Pintura (1947).

Un acontecimiento dramático vendría a interrumpir temporalmente el ciclo creativo de Abela: murió su esposa en mayo de 1949. Con ello se produjo un período de silencio artístico. Su amigo, el español Eugenio Fernández Granell, que entonces también residía en Guatemala, le hizo interesarse por el surrealismo, aunque ya Abela había expresado en París que “la verdadera poesía no existe sin misterio”, con lo que, sin pretenderlo, daba señales precisas de acercamientos a esa vertiente creativa.

La realización de El Caos (1950), marcó una sustancial transformación de su lenguaje expresivo y una recuperación de su ánimo vital. Abela encontró refugio en los pinceles y abandonó para siempre la pintura costumbrista: de cuadros de mediano formato transita a piezas de pequeña escala; de un modelado sólido de figuras a una atmósfera idílica, detallística, minuciosa, con referencias al mundo de Paul Klee y Chagall; traspasó así los modelos de su creación anterior.

Retornó a Cuba en 1954. Los aprendizajes habían sido múltiples y el equipaje de vuelta ya justificaba una vida entregada a la creación. En su tierra natal engendró pequeñas joyas pictóricas que exhibió en numerosas muestras. En 1964, y por iniciativa de Lilian Esteban, la esposa de Alejo Carpentier, presentó Abela una muestra retrospectiva de su obra en la Galería de La Habana. El Consejo Nacional de Cultura adquirió la casi totalidad de piezas expuestas que, de esta forma, pasaban a formar parte del patrimonio nacional.

Tras haber recibido merecidos reconocimientos en su país de origen, Eduardo Abela falleció en La Habana el 9 de noviembre de 1965.

 

Bibliografía

Carpentier, Alejo: “Abela en la Galería Zak”, en Social, vol. 14, no.1, La Habana, enero, 1929.

Torriente, Loló de la: El mundo ensoñado de Abela, Ediciones de Arte. Instituto Nacional de Cultura. Ministerio de Educación. Palacio de Bellas Artes, La Habana, 1956.