Dibujos animados cubanos

Cine, Cuba

Dibujos animados cubanos. Producción de filmes de animación cubanos, representativos por su tendencia a incorporar la identidad cultural de la Isla.

Desde sus inicios, la animación en Cuba intenta mostrar los contextos histórico y político de la Isla. En 1919 se realizó el primer dibujo animado cubano, Conga y Chambelona, con el diseño del caricaturista Rafael Blanco, la producción de Victoriano Martínez y la animación de Luis Seel. El filme abordaba los manejos políticos de su época e incorporaba el enfoque de la crítica social.

Años más tarde, en 1937, apareció el animado sonoro Napoleón, el faraón de los sinsabores, de dos minutos de duración, realizado por Manuel Alonso.

A finales de 1947 César Cruz Barrios fundó la Productora Nacional de Películas de Santiago de Cuba para la realización de dibujos animados. Esta empresa, aunque no tuvo larga existencia, demostraba las inclinaciones dentro de la Isla hacia la creación de animados, a pesar de la competencia establecida por la amplia distribución de filmes de animación estadounidense.

Con la aparición en 1950 de la televisión en Cuba, los dibujos animados se orientaron, sobre todo, hacia la propaganda comercial. Publicidad Siboney, por ejemplo, poseía un departamento de animación para estos fines, donde trabajaban artistas como Eduardo Muñoz Bachs.

Después del triunfo de la Revolución Cubana, se fundó en marzo de 1959 el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), que tenía dentro de sus propósitos la producción de filmes de animación. Al ICAIC se integraron artistas como Manuel Lamar (Lillo), Eduardo Muñoz Bachs y Jesús de Armas.

En la década de los años sesenta, el dibujo animado cubano se ramificó en cuanto a temas y diseño. Se produjeron en este momento dibujos animados para adultos con temas relacionados con el proceso revolucionario, y animados didácticos o humorísticos.

Se realizaron una serie de filmes con una marcada orientación ideológica, para apoyar el proceso de cambio revolucionario, entre los que están El tiburón y las sardinas (1961), de Jesús de Armas, que trataba sobre las confrontaciones entre Estados Unidos y Cuba, o Remember Girón (1961) del mismo autor.

Por otra parte, aparecieron animados de corte reflexivo, a veces con una marcada intencionalidad simbólica, sobre temas universales. En este caso se inscriben animados como Un sueño en el parque (1965) del escritor Luis Rogelio Nogueras y Pantomima amor No. 1 (1965) de Jesús de Armas.

En el ámbito de la animación en Cuba, también se aprecia la voluntad de incorporar a los temas tratados el patrimonio cultural que proviene de los orígenes indo-antillanos y africanos. En este caso se encuentra el filme Osaín (1966), de Hernán Henríquez.

Además, se produjeron filmes con contenidos históricos y didácticos. Macheteros orientales (1967), por ejemplo, explicaba las ventajas del sistema de alza mecanizada de la caña sobre el alza manual. Con rasgos humorísticos, Mario Rivas comenzó a elaborar animados que explicaban el origen y desarrollo de las cosas; tal es el caso de El tranvía, de 1967.

Tulio Raggi realizó filmes que se orientaban hacia el público infantil. La bruja Maguita (1967) o El sinsonte (1968), que narra las vicisitudes del ave doméstica al enfrentar la llegada de un perico a la casa, son de los primeros animados para niños dentro en una línea de producción que, en las dos décadas siguientes, alcanzó su plenitud.

La década de los años setenta se inició con un filme de ciencia ficción, Los incrédulos (1970), de Hernán Henríquez, que se aproximaba a la posible historia de los sobrevivientes de una catástrofe que destruía la civilización.

Otros filmes didácticos con una marcada inclinación documental se realizaron en este período. Nubes (1972), de Tulio Raggi, se dedicaba a la explicación del proceso de formación de las nubes; Electricidad (1971), de Hernán Henríquez, al proceso de generación de la corriente eléctrica; La historia de los piratas (1974), de Mario Rivas, al recuento de la génesis y expansión de la piratería.

Con la entrada de Manuel Alfaro como director del departamento de dibujos animados del ICAIC, a principios de la década, se enfocó la producción de animados hacia los niños. En 1974, Juan Padrón comenzó la serie de Elpidio Valdés, personaje mambí de las guerras de independencia en la Cuba colonial, que ha atraído hasta hoy la simpatía del público infantil y adulto. Una aventura de Elpidio Valdés, que trata sobre cómo el soldado mambí rescata del ejército español a su caballo Palmiche, y Elpidio Valdés contra el tren militar, donde los mambises descarrilan un tren artillado de los españoles, son los primeros cortos de una serie que alcanzó el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, en 1989.

Por otra parte, comenzaron a realizarse animados que, con un finísimo sentido del humor, operaban como filmes didácticos en algunos casos y en otros, como filmes narrativos con una moraleja al estilo de las fábulas tradicionales. Así encontramos: Horologium, quiere decir: reloj (1974), La silla (1974), Aerodinámica (1975), de Juan Padrón  y La ranita inconforme (1976) y El animalito torpe (1976), de Hernán Henríquez.

En 1979 el ICAIC produjo su primer largometraje de ficción: Elpidio Valdés, de Juan Padrón. En este filme cuaja la maestría de la experiencia acumulada por los estudios de animación, pues se desenvuelve a partir de un guion ingenioso, con una construcción cuidada de los personajes a través de las voces, el acento y el vocabulario, y con el empleo de un lenguaje cinematográfico que se basa en la movilidad de planos y la variedad en los movimientos de cámara. El filme tuvo una audiencia de más de un millón de espectadores y obtuvo ese año el Gran Premio Coral, en la categoría de animación, en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

La década de los años ochenta es considerada la “edad de oro del dibujo animado cubano”. Tanto cualitativa como cuantitativamente se logró una producción sostenida y, en 1989, el departamento de dibujos animados fue renombrado como Estudios de animación del ICAIC.

A partir de 1980 comenzaron a realizarse los Filminutos, animados de muy corta duración que desarrollaban una historia ingeniosa y sorprendente, con una acusada orientación hacia la sátira y el humor negro. Los filminutos fueron creados inicialmente por Juan Padrón y desarrollados más tarde por Mario Rivas y Tulio Raggi.

Otras series de los años ochenta, muy gustadas por el público infantil, fueron Cecilín y Coti de Cecilio Avilés, que involucraba a un niño y su cotorra en diversas aventuras por las ciudades y los campos cubanos, y la de Manuel Lamar, Matojo, que narraba las peripecias de otro niño que compartía inquietudes con sus padres y amigos de la escuela.

Juan Padrón realizó en 1983 un segundo largometraje titulado Elpidio Valdés contra dólar y cañón, cuya trama se desenvuelve en Estados Unidos, donde radicaban cubanos colaboradores con la causa independentista. En 1985 realizó Vampiros en La Habana, una co-producción entre el ICAIC, la Durniok Productions de Berlín oeste y Televisión Española. Es esta década la de mayor madurez del historietista y realizador, que deja como saldo películas antológicas dentro de la animación cubana.

Por esta época aparecen otros animados como Una leyenda americana (1984) de Mario Rivas y El paso del Yabebirí (1987) o La gamita ciega (1986) de Tulio Raggi, ambos basados en cuentos de Horacio Quiroga, que recogen la memoria popular latinoamericana en tanto referentes regionales y culturales cercanos a la Isla.

En 1987 Norma Martínez asumió la dirección de los Estudios de Animación del ICAIC que, desde los años noventa hasta la actualidad, han sufrido los embates de la crisis económica en Cuba. Esto no impidió que su equipo de realizadores consiguiera reanudar la producción de filmes y que se reorientara en algunos casos hacia las co-producciones.

Abundaron en estos años los filminutos y se mantuvo la serie Elpidio Valdés, dado su éxito sostenido a través de las décadas. Mario Rivas realizó una serie de dibujos animados basados en el libro Akeké y la jutía de Miguel Barnet, que acercan a los niños a las historias de la mitología afrocubana: En la tierra de Shangó (1997), La leyenda de Osaín (2003) y Conejo (2005).

Por otra parte, se han realizado en este período series para la televisión y videoclips animados. Una de estas series, Para curiosos (2001-2004) de Ernesto Padrón, ha ganado la aceptación del público por su carácter didáctico y a la vez humorístico, dentro de la mejor tradición de la animación cubana. Igualmente, ha ganado popularidad la serie Fernanda, la niña detective que resuelve casos misteriosos y que es apoyada por un grupo de amigos.

La entrada y promoción en Cuba de animados de la antigua Europa del Este socialista, estadounidenses y japoneses, de una alta calidad de realización, no ha desplazado de la preferencia del público a los animados producidos en la Isla. El compromiso cultural que los animados cubanos muestran, con el empleo de los giros lingüísticos, el humor y las tradiciones de la Isla, los han hecho permanecer como un referente explícito dentro del imaginario social de nuestros niños y adultos por varias generaciones.

 

Bibliografía

Agramonte, Arturo: Cronología del cine cubano, Ediciones ICAIC, La Habana, 1966.

Cobas Arrate, Roberto: “El dibujo animado en Cuba o la verdadera historia de Quijotes y Sanchos”, Coordenadas del cine cubano 2, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2005, pp. 122-130.

González, Reynaldo: “La política rumbera. Un antecedente del dibujo animado cubano”, en La Gaceta de Cuba, No. 3, La Habana, mayo-junio, 2002, pp. 40-43.

Masvidal, Mario: “Mirar los muñe: Un acercamiento crítico a los animados producidos por el ICAIC”, Conquistando la utopía. El ICAIC y la Revolución 50 años después, Ediciones ICAIC, La Habana, pp. 93-106.

Producciones del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos 1959-2004, Cinemateca de Cuba, ICAIC, La Habana, 2004.