Catedral de La Habana

Historia, Arquitectura e Ingeniería, Religión, Cuba

Catedral de La Habana, sede del arzobispado del mismo nombre. Erigida en la antigua iglesia de la Compañía de Jesús en 1789, es el más relevante ejemplo del estilo barroco en la arquitectura colonial cubana.

En 1789, cuando la Corona decidió la división de la hasta entonces única diócesis de Cuba y la creación del obispado de La Habana, se proyectó ampliar la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje -o construir en el sitio que ocupaba un nuevo templo- que sirviera de sede al recién instituido obispado. Sin embargo, las circunstancias determinaron que se utilizara para esos fines la antigua iglesia de la Compañía de Jesús, que, luego de la expulsión de la Compañía de Jesús, servía como Parroquial Mayor de la ciudad.

La construcción comenzó en 1727, en la zona conocida entonces como la Ciénaga, con puertas orientadas provisionalmente hacia el sur, hasta que pudiera obtenerse más terreno para su ampliación. En 1748 se emprendió el "cuadrado, zapatas de las torres y molduras del frente". Tras la salida de los jesuitas y por el estado ruinoso de la Parroquial Mayor habanera, se decidió conceder ese rango al templo de la Compañía. El edificio no estaba realmente terminado, y el traslado no se efectuó hasta 1777. En 1789 se convirtió en Catedral, y se le realizaron algunas mejoras constructivas, propuestas inicialmente por el jefe del Cuerpo de Ingenieros Joaquín de Casaviella. Entre los cambios más significativos que sufrió se cuenta la construcción de la actual fachada del edificio, en la cual trabajó el arquitecto Pedro de Medina e invirtió recursos Felipe José de Trespalacios, primer obispo de La Habana, al tiempo que la dotaba de ornamentos adecuados a su nuevo rango.        

Joaquín Weiss ha estimado que la Catedral fue el edificio que más lejos llegó, estilísticamente, en nuestra arquitectura barroca, con la singularidad de sus dos torres desiguales. Esa inspiración, visible también en la ornamentación de los interiores, no resultó del gusto del segundo obispo de La Habana, Juan José Díaz de Espada, sacerdote de sensibilidad neoclásica y formación ilustrada, quien no solo realizó reformas en el edificio, sino que desechó altares, pinturas y estatuas que consideraba  de mal gusto y los sustituyó por obras encargadas a artistas europeos.    

Así, por comisión de Espada, el artista italiano Giuseppe Perovani comenzó a trabajar en tres frescos para el altar mayor, llamados La Potestad de las Llaves, La Última Cena y La Ascensión de la Virgen, pero no pudo culminar la obra debido a un accidente durante su ejecución, por lo cual Espada empleó al pintor francés Jean Baptiste Vermay, quien les dio fin hacia 1806. Vermay, de quien se ha dicho que fue recomendado a Espada por Francisco de Goya, ejerció una significativa influencia en el desarrollo de la pintura cubana, al fundar en 1818 la Escuela de San Alejandro y decorar el Templete.

La planta de la Catedral forma un rectángulo de 34 metros de ancho por 35 metros de largo, dividido en tres naves y ocho capillas laterales, la más antigua de las cuales es la de Nuestra Señora de Loreto, consagrada por el obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz en 1755. En su interior, según costumbre de la época, se realizaban enterramientos hasta que, por gestiones del obispo Espada, se creó en 1804, el primer cementerio público de la ciudad, que llevó su nombre. No obstante, en el templo siguieron siendo sepultados algunos dignatarios eclesiásticos, como el obispo Apolinar Serrano y Diez, -inhumado en la capilla de Loreto de 1876-, en cuya tumba se levantó una bella estatua orante de mármol, hecha en Florencia.

En la Catedral habanera descansaron, desde 1796 y durante un siglo, los supuestos restos de Cristóbal Colón, cuyo traslado a La Habana fue consecuencia de la cesión por España a Francia, en 1795, de la parte que le quedaba de la isla La Española, como resultado de la Paz de Basilea. Nunca ha podido establecerse con exactitud la identidad del cadáver enterrado en la Catedral, pero resultó fastuoso el recibimiento del arca funeraria de plomo dorada, entregada al capitán general Luis de las Casas y Aragorri y recibida en la Catedral por el obispo Trespalacios. El 12 de diciembre de 1898, en vísperas del cese de la soberanía española sobre  la Isla, los restos fueron llevados a España.

Entre 1946 y 1949 la Catedral fue objeto de una restauración dirigida por el arquitecto Cristóbal Martínez Márquez, que incluyó algunas modificaciones interiores, por el estado en que se hallaba el edificio.

El conjunto de obras que atesora el templo conforma un importante patrimonio histórico y artístico, aunque la propia edificación es, como exponente del barroco cubano del siglo XVIII, el mayor de todos sus valores. Su presencia confiere personalidad a la Plaza de la Catedral, uno de los espacios públicos más conocidos  de La Habana colonial.   

 

Bibliografía

Cuevas Toraya, Juan de las: 500 años de construcciones en Cuba, D. V. Chavín, Servicios Gráficos y Editoriales S.L., La Habana, 2001.

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Romero Alfau, Fermín: La noble Habana, Ed. Pablo de la Torriente, La Habana, 1992.

Weiss Sánchez, Joaquín: La arquitectura colonial cubana: siglos XVI al XIX, Instituto Cubano del Libro y Junta de Andalucía, La Habana-Sevilla, 1996.