Acueductos de La Habana

Historia, Arquitectura e Ingeniería, Cuba

Acueductos de La Habana Colonial. Sistema formado por la Zanja Real, desde finales del siglo XVI hasta la conclusión del acueducto de Fernando VII, en 1835. En la segunda mitad del siglo XIX se construyó el Acueducto Albear, la más notable obra ingeniera de la Cuba colonial, considerada como una de las más sobresalientes de su tiempo a escala mundial. El Sistema de Acueductos Históricos de la Ciudad de La Habana recibió la condición de Monumento Nacional de la República de Cuba.

La Zanja Real, primer sistema de abasto de agua a La Habana, dio servicios por 243 años, de 1592 hasta 1835, cuando se concluyó la construcción del acueducto de Fernando VII. La propuesta original de conducir hacia las zonas urbanas mediante una zanja las aguas del río La Chorrera (hoy Almendares), fue enviada al rey Carlos I por el gobernador de la Isla, Juanes Dávila, en 1544. Su sucesor, Antonio Chávez, la envió nuevamente, hasta que, por Real Cédula de 16 de mayo de 1548, se aprobó el primer impuesto cobrado en Cuba: el «derecho de anclaje», encaminado a gravar cada buque que fondease en el puerto habanero para recaudar fondos con que construir la Zanja. No obstante haberse convertido de hecho La Habana en capital de la Isla al pasar a residir en ella el gobernador Diego Mazariego, el fracaso del «derecho de anclaje» obligó a la Corona a emitir, el 3 de octubre de 1562, una nueva Real Cédula, la cual establecía la contribución denominada «sisa de la Zanja», consistente en un gravamen sobre el comercio de jabón, vino y carne, con el cual se esperaba recaudar 480 ducados anuales hasta conseguir la suma requerida de 8 000 ducados en que se estimaba el monto total de las obras de la Zanja.

Las obras, iniciadas en 1566 y concluidas en 1575, resultaron muy imperfectas, por lo que el Cabildo se vio obligado a reanudar en 1579 el cobro de la sisa, y a encargar la realización de otros trabajos, nueve años más tarde, a Hernán Manrique de Rojas, a quien se otorgaron 10 000 ducados y un plazo de un año para la reconstrucción. Tampoco con esa gestión se obtuvieron los resultados esperados.

En 1589 el gobernador de la Isla, Juan de Texeda, nombró a Juan Bautista Antonelli para que, como ingeniero consultor y director, se encargase de concluir las obras de la Zanja, que fueron terminadas en 1592, año en que se concedió a La Habana el título de ciudad y el derecho a utilizar escudo. La capital dispuso entonces de su primer acueducto, el cual conducía las aguas a una velocidad de 0,20 metros por segundo, con una descarga de 70 000 metros cúbicos diarios, de los cuales a la población llegaban solo 20 000 metros cúbicos, a causa de los desvíos intermedios dedicados a regadíos. Partiendo de un azud ubicado en el río Almendares, el canal, de sección trapezoidal en corte y terraplén, iba distribuyendo su carga mediante un sistema de tomas que, según Abel Fernández Simón, consistían en «un canuto de bronce de 3 pulgadas de diámetro y 12 pulgadas de largo empotrado en un muro de sillería en la orilla de la Zanja».

En lo concerniente a la calidad de las aguas, la historiografía aporta puntos de vista discrepantes. En una primera etapa pudo considerarse «delgada y buena», pero lo cierto es que, si bien en las tempranas décadas del siglo XVI la escasez de población en el territorio aún no había incidido negativamente en el grado de contaminación de las aguas -que solo enturbiaban las crecidas del río-, dos centurias más tarde, y ante el deterioro de las condiciones higiénico-sanitarias, las autoridades locales se vieron obligadas a dictar medidas que prohibían el uso de la Zanja como baño público de personas y aseo de animales.

Hasta que fue inaugurado en 1835 el acueducto de Fernando VII, la Zanja brindó además servicios como fuerza motriz en la industria de transformación agrícola. Prestó igualmente servicios al Real Arsenal de La Habana -construido en extramuros durante el siglo XVIII- donde sus aguas se utilizaron para mover una sierra hidráulica, creada para el trabajo en las construcciones navales, que llegó a constituir el sistema de serrería impulsada por fuerza hidráulica más afamado del Nuevo Mundo.

Tras 243 años de explotación de la Zanja Real como único acueducto habanero, sus aguas ya no podían, ni en cantidad ni en calidad, satisfacer las necesidades de la capital, por el crecimiento de la población y el desarrollo socioeconómico alcanzado. Por ello, bajo el gobierno del capitán general Dionisio Vives, y con la promoción del superintendente de Hacienda, Claudio Martínez de Pinillos, conde de Villanueva, se elevó al rey una solicitud encaminada a conseguir autorización para una nueva obra, aprobada por Real Decreto de 11 de enero de 1831. Se acometió entonces la construcción del acueducto de Fernando VII, bajo la dirección de los ingenieros Manuel Pastor y Nicolás Tamayo. Las obras, con un presupuesto ascendente a 808 724 pesos, terminaron en 1835.

Partiendo de una toma en el río Almendares, próxima a la presa del Husillo para aprovechar la altura de las aguas represadas, estas eran conducidas por un canal construido en la margen derecha del río, a través de una compuerta intermedia, hacia la casa de filtros, consistente en un estanque de decantación y dos de recepción; el agua pasaba a través de unos bastidores de tela metálica, ubicados en almenas que circundaban los tanques. No obstante, la reducida capacidad de los estanques, la lenta velocidad del agua al pasar por los filtros, así como el enturbiamiento que sufrían en los períodos de crecidas, hicieron ineficiente al acueducto de Fernando VII, en lo concerniente a la calidad del líquido.

Con respecto al sistema de conducción, se emplearon tubos de hierro para conducir el agua a lo largo de 7,5 kilómetros, hasta la Puerta de Tierra, mediante un desnivel de 22 metros, con una pendiente media de tres milésimas. Sin embargo, un error de cálculo, por utilizar tubos de once pulgadas de diámetro interior desde El Cerro hasta el Campo de Marte, dio como resultado una descarga de 3 850 metros cúbicos diarios, en lugar de los 40 000 previstos en el proyecto. La sustitución de esa tubería por otra de catorce pulgadas de diámetro interior consiguió elevar la descarga a solo 5 300 metros cúbicos diarios, lo que también resultaba insuficiente para las necesidades de la capital. Tampoco la distribución por las viviendas, asociada a las obras, resultó satisfactoria, pues de las 13 000 casas existentes en la zona, se beneficiaron exclusivamente 2 500 con las denominadas «plumas de agua».

En resumen, a pesar de la permanente lucha por el adecuado suministro del líquido, La Habana de mediados del siglo XIX aún estaba distante de encontrar solución, pues ni los dos acueductos, ni los 895 aljibes, ni los 2 976 pozos recogidos en las estadísticas de 1846, alcanzaban para garantizar las crecientes necesidades de una ciudad que poseía ya una población de 100 000 habitantes.

Por estas razones se designó al ingeniero Francisco de Albear y Fernández de Larapara elaborar una propuesta de solución definitiva al problema del abasto de agua a la capital, que quedó plasmada en el Proyecto de conducción a la Habana de las aguas de los manantiales de Vento, concebido en 1855. La compleja construcción de esa obra monumental se extendió por espacio de más de tres décadas, hasta que se inauguró el 23 de enero de 1893, con el nombre de Acueducto de Albear, en homenaje a su artífice.

 

Bibliografía

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